SAMI KAFATI
Allan McDonald
El
gran teatro del mundo ya era gris y aburrido cuando nació Sami Kafati.
Fue en Comayagüela en 1936.
Cerca del cine hispano, al otro lado del río de este
pueblón.
Sus papás tenían una tiendita de telas para que los
pobres les costuraran los uniformes escolares a sus hijos.
Originario de árabes de ultramar, de ojos dormilones y
fugaces, Sami recibió de cumpleaños a los 9 años de edad un pequeño proyector
8mm. Y allí empezó la utopía más infeliz, después de la democracia: hacer cine
en Honduras.
Y lo hizo todas las tardes en que se fugaba de la
escuela para irse a meter debajo de la cama y allí en la oscuridad hacia
funcionar aquel proyector de manivela. Sami kafati reinventó a Stan Laurel y
Oliver Hardy debajo de su cama con aquella camarita de sus nueve años.
En 1962, con las uñas y el corazón, filmó mi amigo
ángel. Una película desgarrada en la infancia que medio siglo después sigue
siendo exactamente igual. Somos el país mas estático del universo decía años
después Sami.
Kafati se fue a estudiar dirección cinematográfica a
Italia, después hizo televisión en Chile, donde hizo un largometraje a Pablo
Neruda.
El hombre se vino para Honduras, donde como siempre, la
carroña de la televisión le ofreció apoyo para que hiciera muchas maravillas.
Pero lo único que le dieron fue un par de anuncios de jabón para que los
filmara.
Sami luego juntó de nuevo el corazón, las tripas y
apretó el estomago, juntó a muchos amigos, los invitó de actores y filmaron la
mejor película que se ha hecho en Honduras: no hay tierra sin dueño, una
cítrica social de las desgracias de los campesinos fulminados por el destino y
las balas de los terratenientes, hoy metidos a políticos.
Sami logró la hazaña y la cinta se exhibió en los mall
de lujos y el ya no estaba presente.
Yo vi la película en blanco y negro, como se hizo
originalmente allá en los años 70s.
Habíamos pocos espectadores y una butaca estaba vacía y
pensé en Sami, en la humildad del turco, en la sencillez y en su honestidad
como nunca he conocido a nadie. El turco era un buen hombre, y yo me sentí
avergonzado de no haber tenido más años y ser su amigo en las soledades que se
pasa en este país.
Terminó la cinta, se encendieron las luces y salí
triste.
Afuera una turba despiadada se atropellaba en una
inmensa fila para ver a Mátrix.
Sami murió en 1996, no ganó ni palmas de oro y ningún
oscar rastrero. El ganó la eternidad y dicen que en las tardes filma las
tragicomedias de Dios.
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