PARA TI, LUCIA
Ayer, 18 de enero, Internet vivió un día histórico.
Miles de sitios alrededor del planeta, entre ellos todos los de RADIALISTAS, se
apagaron en protesta contra las leyes que pretenden restringir la libertad en
Internet y legalizar su censura.
La llamada Ley SOPA y la Ley PIPA que se discuten en Estados Unidos pretenden
“luchar contra la piratería en Internet y defender la Propiedad Intelectual y
los Derechos de Autor”. En realidad, permitirían el control total de la Red de
redes.
Tras estas leyes, lo que realmente se esconde es la avaricia de las grandes
corporaciones de la música, el cine y la cultura en general. Intermediarias
que, a nombre de los artistas y creadores que dicen representar, se hicieron
millonarias y ahora no soportan ver cómo pierden ese poder.
Los artistas y creadores ya no las necesitan y pueden usar Internet para dar a
conocer a sus obras y triunfar con sus canciones. Y como ya no se necesita
papel o discos de vinilo para publicar obras artísticas, los archivos digitales
corren y se comparten libremente en Internet.
Por eso, Internet no se puede regir con anticuadas leyes sobre la Propiedad
Intelectual. Son nuevos tiempos, cosa que no parecen entender estos viejos
dinosaurios de la industria cultural.
El editor de la revista Orsai, el argentino Hernán Casciari, lo explica
perfectamente en este artículo que queremos compartir desde Radialistas.
La lucha contra las Leyes SOPA y PIPA continúa. Así que, ¡mantente alerta!
PARA TI, LUCÍA
Artículo tomado de: http://orsai.bitacoras.com/2011/12/para-ti-lucia.php
El contador de suscripciones anuales a la nueva revista Orsai acaba de llegar a
mil. En nueve días, y sin noticias sobre los contenidos o la cantidad de
páginas, mil lectores ya compraron las seis revistas del año próximo. Y eso que
todos saben que habrá una versión en .pdf, gratuita, el mismo día que cada
revista llegue a sus casas. Repito: acabamos de vender seis mil revistas.
Seiscientas sesenta y cinco por día. Veintiocho por hora.
Al mismo tiempo, una escritora española acaba de informar que dejará de
publicar. «Dado que que se han descargado más copias ilegales de mi novela que
copias han sido compradas, anuncio que no voy a volver a publicar libros», dijo
ayer Lucía Etxebarría. La prensa tradicional se hizo eco de sus palabras y la
industria editorial la arropó: «Pobrecita, miren lo que internet le está
haciendo a los autores».
A nosotros nos ocurre lo mismo. Durante 2011 editamos cuatro revistas Orsai.
Vendimos una media de siete mil ejemplares de cada una, y con ese dinero le
pagamos (extremadamente bien) a todos autores. Los .pdf gratuitos de esas
cuatro ediciones alcanzaron las seiscientas mil descargas o visualizaciones en
internet.
Vendimos siete mil, se descargaron seiscientas mil.
Si los casos de Lucía Etxebarría y de Orsai son idénticos, y ocurren en el
mismo mercado cultural, ¿por qué a nosotros nos causan alegría esos números y a
ella le provocan desazón?
La respuesta, quizá, es que se trata del mismo mercado pero no del mismo mundo.
Existe, cada vez más, un mundo flamante en el que el número de descargas
virtuales y el número de ventas físicas se suma; sus autores dicen: «qué bueno,
cuánta gente me lee». Pero todavía pervive un mundo viejo en el que ambas
cifras se restan; sus autores dicen: «qué espanto, cuánta gente no me compra».
El viejo mundo se basa en control, contrato, exclusividad, confidencialidad,
traba, representación y dividendo. Todo lo que ocurra por fuera de sus
estándares, es cultura ilegal.
El mundo nuevo se basa en confianza, generosidad, libertad de acción,
creatividad, pasión y entrega. Todo lo que ocurra por fuera y por dentro de sus
parámetros es bueno, en tanto la gente disfrute con la cultura, pagando o sin
pagar.
Dicho de otro modo: no es responsabilidad de los lectores que no pagan que
Lucía sea pobre, sino del modo en que sus editores reparten las ganancias de
los lectores que sí pagan. Mundo viejo, mundo nuevo. Hace un par de semanas
viví un caso muy clarito de lo que ocurre cuando estos dos mundos se cruzan. Se
lo voy a contar a Lucía, y a ustedes, porque es divertido:
Me llama por teléfono una editora de Alfaguara (Grupo Santillana, Madrid); me
dice que están preparando una Antologia de la Crónica Latinoamericana Actual. Y
que quieren un cuento mío que aparece en mi último libro, «un cuento que se
llama tal y tal, que nos gusta mucho».
Le digo que por supuesto, que agarre el cuento que quiera. Me dice que me
enviará un mail para solicitar la autorización formal. Le digo que bueno.
A la semana me llega el mail, con un archivo adjunto:
Estimado Hernán, te explico lo que te adelanté por teléfono: Alfaguara editará
próximamente una antología de bla bla bla cuya selección y prólogo está a cargo
de Fulanito de Tal. Él ha querido incluir tu cuento Equis. Si estás de acuerdo
con el contrato que te adjunto, envíame dos copias en papel con todas las
páginas firmadas a la siguiente dirección. (Y pone la dirección de Prisa
Ediciones, Alfaguara.)
Abro el archivo adjunto, leo el contrato. Me fascina la lectura de contratos
del mundo viejo. No se molestan en lo más mínimo en disfrazar sus corbatas.
Al cuento que me piden lo llaman LA APORTACIÓN. En la cláusula cuatro dice que
«el EDITOR podrá efectuar cuantas ediciones estime convenientes hasta un máximo
de cien mil (100.000)». En la cláusula cinco, ponen: «Como remuneración por la
cesión de derechos de la APORTACIÓN, el EDITOR abonará al AUTOR cien euros (100
€) brutos, sobre la que se girarán los impuestos y se practicarán las
retenciones que correspondan».
Pensé en los otros autores que componen la antología, los que seguramente sí
firman contratos así. Cien euros menos impuestos y retenciones son sesenta y
tres euros, y a eso hay que quitarle el quince por ciento que se lleva el
agente o representante (todos tienen uno), o sea que al autor le quedan
cincuenta y tres euros limpios. No importa que la editorial venda dos mil
libros, o cien mil libros. El autorsiempre se llevará cincuenta y tres euros.
¿Firmará Lucía Etxebarría contratos así?
Esa misma tarde le respondí el mail a la editora de Alfaguara:
Hola Laura, el cuento que querés aparece en mi último libro, que se distribuye
bajo una licencia Creative Commons Reconocimiento 3.0 Unported, que es la más
generosa. Es decir, podés compartir, copiar, distribuir, ejecutar, hacer obras
derivadas e incluso usos comercialesde cualquiera de los cuentos, siempre que
digas quién es el autor. Te regalo el texto para que hagas con él lo que
quieras, y que sirva este mail como comprobante. Pero no puedo firmar esa
porquería legal espantosa. Un beso.
La respuesta llegó unos días después; ya no era ella la que me hablaba, sino
otra persona:
Hernán: entendemos esto, pero el departamento legal necesita que firmes el
contrato para que no tengamos problemas en el futuro. Saludos!
Y ya no respondí más nada. ¿Para qué seguir la cadena de mails?
La anécdota es esa, no es gran cosa. Pero quiero decir, al narrarla, que no hay
que luchar contra el mundo viejo, ni siquiera hay que debatir con él. Hay que
dejarlo morir en paz, sin molestarlo. No tenemos que ver al mundo viejo como
aquel padre castrador que fue en sus buenos tiempos, sino como un abuelito con
alzheimer.
—¿Me das eso? —dice el abuelito.
—Sí, abuelo, tomá.
—No, así no. Firmame este papel donde decís que me das eso y yo a cambio te
escupo.
—No hace falta, abuelo, te lo doy. Es gratis.
—¡Necesito que me firmes este papel, no lo puedo aceptar gratis!
—¿Pero por qué, abuelo?
—Porque si no te cago de alguna manera, no soy feliz.
—Bueno, abuelo, otro día hablamos… Te quiero mucho.
Y de verdad lo queremos mucho al abuelo. Hace veinte, treinta años, ese hombre
que ahora está gagá, nos enseñó a leer, puso libros hermosos en nuestras manos.
No hay que debatir con él, porque gastaríamos energía en el lugar incorrecto.
Hay que usar esa energía para hacer libros y revistas de otra manera; hay que
volver a apasionarse con leer y escribir; hay que defender a muerte la cultura
para que no esté en manos de abuelos gagá. Pero no hay que perder el tiempo
luchando contra el abuelo. Tenemos que hablar únicamente con nuestros lectores.
Lucía: tenés un montón de lectores. Sos una escritora con suerte. El demonio no
son tus lectores; ni los que compran tus novelas ni los que se descargan tus
historias en la red.
No hay demonios, en realidad. Lo que hay son dos mundos. Dos maneras diferentes
de hacer las cosas.
Está en vos, en nosotros, en cada autor, seguir firmando contratos absurdos con
viejos dementes, o empezar a escribir una historia nueva y que la pueda leer
todo el mundo.
Tomado de:
http://www.radialistas.net/clip.php?id=1900169
http://orsai.bitacoras.com/2011/12/para-ti-lucia.php
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