LA LLUVIA NO CREE EN LOS HÉROES

Afuera llovía.



Yo miraba el río sobre el asfalto por la ventana de la redacción, entonces tenia 12 años y hacía dibujitos que publicaban en diario la prensa de aquel 1986 ya gris y perdido irremediablemente.



En la esquina estaba una mesita y encima una máquina de escribir, ya vieja y tirada al azar por el olvido de ese oficio sin sentido que es la literatura.

Enfrente de esa maquinita estaba Greg, con una gorra de pelotero en su cabeza. El era el periodista de la sección de deportes y nos saludamos con un hola, luego la rutina desgraciada de irse acabando el mundo nos hizo amigos y me dijo que venia de Nicaragua.



Pasaron los años y no sé que pasó en la vida de Greg, tampoco en la mía, pero el tiempo arrasó con tantas cosas que nunca debieron pasar.



Un día le conté a mi abuelo materno que yo conocí a un tal Greg Moraga que era de Nicaragua y que le gustaba el béisbol.



Mi abuelo que había nacido en Blufields y que tenia aun las espinas de las Segovias ensartadas en su corazón cuando andaba con el mero tayacan de los hombres libres me dijo: yo conocí un tal Moraga allá en los 50s que era una estrella en el beis, era el mejor, era una estrella emblemática en los sentimientos radiales de aquella época sepia de la Nicaragua tragada por la soledad del béisbol.



A lo mejor era otro Moraga, pensé, además mi abuelo construía fantasías por su evocación distorsionada de una guerra salvaje, y también su alma ya había perdido mil batallas desgraciadas por no tener la memoria de esas que tienen los que creen en el amor.



Días después mi abuelo murió a los 103 años, hablando de béisbol en un hospital psiquiátrico en Managua, yo lo vi detrás de una cortina azul, con mis ojos amargos y ahogados en un pozo infeliz de llanto.



Casi 20 años después volví a ver a Moraga, el hombre ya sin el brillo de sus ojos, con sus pasos torcidos por la tragedia de las huellas fracasadas del olvido, con su voz desbaratada por la tristeza de la historia, ya Greg Moraga estaba encorvado y su estatura de árbol milenario había sucumbido al trágico paso de los vientos malditos del tiempo. Lo vi de nuevo y ya casi sin imaginármelo, lo reconoci por su gorrita de pelotero, hablamos de este libro, le hice las portadas y me di cuenta que mi abuelo no mentía, ni fantaseaba y que este era el tal Moraga que hacia delirar a la chusma de las barriadas y a los ricos de la Nicaragua prohibida. Moraga era la gloria con una gorra de pelotero y con el 17 en sus espaldas que iluminaba el diamante de aquellos años del 55. Ese viejo de manos torcidas, encorvado y triste que estaba sentado a mi lado en un sofá, con su nieta y con los ojos escondidos atrás de unos vidrios antiguos, con su gorrita de pelotero y con los pies tirados a la deriva sobre el piso, ese era el héroe del béisbol de Nicaragua.



No dije nada, solo pensé en el abuelo y en Moraga y en mí, le di un abrazo a Greg, me despedí de su nieta, Salí a la calle y vi de reojo una corriente de agüita que corría apenitas por la acera y me pareció que era la nostalgia de la vida que se iba.



Afuera llovía.

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