HUMOR PERDIDO

Allan McDonald



Los humoristas son tan pocos en este país, que apenas ajusta para reírnos de quienes nos hacen llorar.



Ya no quedan muchos.



Habemos pocos caricaturistas, hay tan pocos artistas del arte de hacer reír, hay pocos actores del sátira, un par de escritores humoristas, casi ninguno de la comedia, acá lo que abunda son los payasos, si hasta se reúnen cada martes en el congreso como un club de saltimbanquis privados.

Por eso duele que se nos muera un humorista, sobretodo un humorista serio, talento a prueba de fuego del tiempo.



Debo confesar que en estos laberintos del humor y el arte solo apenas conocí a Carlos Salgado, una sola vez lo vi, y fue por que un par de maniquíes graduadas de marketing en universidades privadas soñaron y me propusieron llevar a frijol a la televisión con mis dibujos, así que lo justo era hablar con él y fui a buscarlo a su triste casita de lámparas apagadas, y lo encontré sin protocolos, solo, sentado en un sofá verde tomando el te de un sábado, tenia el cabello revuelto y su barba otoñal tirada al viento, no hablamos muchos, don Carlos era un hombre callado, me dijo que no le interesaba ver a sus personajes en tele, y punto, eso fue todo, lo vi leyendo un libro de Henri Bergson, no le respondí, le di las gracias y Salí a la calle haciendo matemáticas con los recuerdos de ese hombre que me hizo reír en los años más serios, mas caraetubo como dicen los orangutanes del poder de este país, nadie como Carlos Salgado hizo reír en los años 80s. donde la vida siempre era mas bonita dentro de aquel radito azul de mi papá, aquel RCV victor, con baterías de everiredy, ese radito que mi mama ponía en la cocina mientras me hacia el café, y yo con los ojitos pelados, viendo detrás de la radio a ver si por allí entraba gañote y frijol, y luego me iba corriendo a mi escuelita de adobes y salía de vuelta con los cuadernitos arrugados, tropezando con los cordones sueltos de mi zapatos carcomidos de olvidos y con la ilusión de volver a escuchar a frijol,
Y en la noche soñaba, con mi frijolocho, y me ponía dibujarlo, a imaginarlo como era, seria gordo, indio cobrizo, que zapatos usaba, como era gañote, era pálido, alto, ojos zarcos, era indio o como era, nunca supe, pero en mi creció esa curiosidad por andar pensando cosas prohibidas e imaginarme la gente feliz, aun guardo el radito y en las noches apagadas por mi asma reviso la parte de atrás y descubro que lo que extrañaba no eran las baterías del gato negro, ni el radito, sino mi infancia, mi ilusión perdida se vuelve llanto al ver que de allí no sale ningún frijol, ningún gañote, de allí no sale nada, solo el recuerdo de una época en que todos los niños teníamos padres y que no sabíamos de la guerra fría, ni de los desparecidos, ni de Castro, ni de Reagan, ni todo el aparato de represión del Estado, a los cipotes solo nos importaba frijol, gañote, el patrón, la juanona, pilingo, el viejo cocoloco, la maestra de burrología…. Tantos otros,


Y de adolecente, ya sin pasado ni futuro dejé de escucharlo, porque según mi arrogancia imberbe era mas importante leer que reír, y solo medio pensaba en como era ese hombre que hacia tantas voces, supuse miles de rostros pero ninguno coincidía con el que vi aquel jueves, tirado en un charco de sangre.



De ese taller del sonido del pueblo volverán un día otros niños, que irán a otras escuelas, que se sentaran en otros pupitres y que tendrán otras ilusiones y en otra radio de otro papá escucharán a Frijol el terrible y reirán y llorarán con las mismas historietas que yo reí, con aquellos hombrecitos construidos con las cuerdas vocales que existieron en este mundo torcido de gente seria, porque ellos fueron la especie de humor más real que tuvo el país, y todos los demás, incluyendo esos metidos en la política de seguridad que se llenan las fauces hablando que acá es un país lindo, esos solo son imitadores de fisgones.

Volver

Añadir comentario