Businesses are businesses por Efren Falcon

"Lo que este país necesita son más políticos desempleados.”
Sir Winston Churchill


Businesses are businesses
Efrén D. Falcón


Los Estado Unidos de Norteamérica es un país al que, por una razón u otra, todos admiramos. Su meteórica historia para convertirse en la mayor potencia del orbe es digna de ser estudiada, detenidamente. No obstante, allende cualquier admiración, la relación entre ese país y el nuestro está deplorablemente fundamentada en la dependencia, el abuso y la desigualdad.


En la Cumbre de las Américas celebrada en Trinidad y Tobago―abril de 2009― Barack Obama remarcó, esperanzadoramente, que las relaciones entre los países debían estar basadas en el respeto y la igualdad, y con muy buen humor agradeció al Presidente Daniel Ortega por no haberlo culpado ―en su discurso previo― de cosas que sucedieron cuando él tenía tres meses de edad. Bien visto, una especie de mea culpa aliñada con intenciones de escribir una historia diferente. Pero fueron simples palabras que se llevó el viento. Nuestro poderoso vecino, en virtud de su agobiante necesidad de prevalecer, no tiene la madurez, la sabiduría y la visión para tomar el rol de un verdadero líder mundial. No obstante, ya tomó ese rol, y los resultados vienen siendo desastrosos.


Con reiteración, los diplomáticos estadounidenses hablan, incluso conmovedoramente, de apoyar la democracia y los gobiernos democráticos, como si ese fuera el fin último de la geopolítica global que ejercen. Pero no conformes con sus lides en el plano diplomático y geopolítico, envían constantemente sus ejércitos, y crean nuevas bases militares, para combatir a los que ellos consideran enemigos de la “democracia”, constituyéndose en una especie de juez global de criterio infalible.


¿Liderazgo mundial?


Pero el liderazgo estadounidense ―compartido con la URSS a partir de la 2da Guerra Mundial, y en solitario desde la caída del muro de Berlín―, no ha retribuido a la humanidad ni siquiera con esperanzas. El mundo padece hambre; las guerras son una constante; las crisis alimentarias, económicas y energéticas amenazan la estabilidad de los pueblos; el ecosistema está llegando a un punto crítico en el que la supervivencia de nuestra especie comienza a peligrar. Hay dictaduras autoritarias y “democracias fachada” por todo el mundo. La avaricia desmedida, auspiciada por Wall Street, arrastró al mundo a una crisis económica de la cual aún no se recupera. Si ese es el ejemplo a seguir, nuestra raza terminará destruyendo su hábitat y el sufrimiento de las mayorías continuará indefinidamente ―mientras la riqueza de los grupos de poder crece geométricamente―, si es que sobrevivimos.



Indigna escuchar la perorata pro-democracia que viene de Washington. En Honduras, para el caso, durante las tres décadas precedentes la democracia ha sido una pantomima barata, y es sabido que las elecciones de noviembre 2009 no representan la voluntad del pueblo hondureño. Nuestra constitución, irremediablemente rota, debe ser sustituida por una nueva que la supere. Claro está, en esencia, las acciones diplomáticas estadounidenses persiguen un objetivo único: proteger, extender y hacer prosperar sus intereses económicos.

Gobierno amigo


Para el gobierno de los EE.UU. solo existe una soberanía, una independencia y una libertad: la de ellos. Las demás son prescindibles, flexibles, y se pueden acomodar cuando es preciso. ¿O es que acaso el claro y multimillonario apoyo de décadas al régimen dictatorial de Hosni Mubarack se puede tomar como apoyo a la democracia? Hoy,Washington está en apuros para que la inevitable salida del dictador no deje sus intereses, y de Israel, en precario. Calza como la zapatilla a la Cenicienta la famosa frase atribuida a Franklin D. Roosvelt sobre Anastacio Somoza [y/o al Secretario de Estado Cordell Hull sobre Rafael Trujillo]: “He may be a son of a bitch, but he is our son of a bitch”.



No hay democracia que valga. No hay igualdad entre las naciones que importe. Tampoco hay respeto. Obama mintió deliberadamente o es tan ingenuo que abruma. Es lamentable tener que dudar de las buenas intenciones de un hombre que repartió esperanzas, no solo en el pueblo norteamericano, sino en el mundo entero. Como apunté hace unos días, cuando Barack Obama aceptó el premio Nobel de la Paz, ya sabía a qué atenerse sobre el poder que ejercen las corporaciones en cada faceta de la vida de su país; así que aceptar el Nobel fue un error de cálculo que le hizo perder el respeto de muchísimas personas en todo el mundo, cuando rechazarlo habría sido una jugada controversial, pero brillante.


La política vernácula estadounidense es harto compleja. Los intereses son gigantescos. El Tea Party amenaza seriamente la continuidad de Obama. Los que pensando en Honduras creemos que su continuidad es preferible a cualquier otro candidato visible, aún quisiéramos que Obama encontrara la manera de sobreponerse a la batalla campal ―incluso xenofóbica― que le plantó la neo-derecha radical desde antes que pisara la Casa Blanca como su inquilino. Es un hombre inteligente y culto Barack Obama, quizá sus buenas intenciones no eran simple proselitismo electoral, pero le tocó chocar de frente con una realidad que imaginó podría cambiar con la pura magia de vencer a la Clinton y a McCain. No nos queda más que observarlo, y esperar que los aires del norte sean benéficos para nuestro futuro. «Si nos atenemos al dicho, no necesitamos enemigos, dada la catadura de nuestros amigos.» Suerte, y amén.


Febrero 6, MMXI


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